Nunca digas esta serie no veré

Seis temporadas, seis, he tardado en lanzarme al ruedo de los caminantes. Y eso que había un montón de amigos que me la recomendaban insistentemente, y yo me resistía. Que no, que no y que no. No soy yo muy fan del gore, las tripas y la escatología. Y, además, una necesita ir a su ritmo, porque, si no, me bloqueo, y acabo necesitando, como terapia anti-stress, ver una temporada o dos de Arrow o Supernatural (cosas de frikis de las series).

Generalmente, con el primer episodio suelo saber si una serie me va a gustar o no. Aunque existen (raras) excepciones. Pues este verano lo he intentado con varias, más o menos “prestigiosas”, y nada. Ni Banshee, ni Black Sails, ni Spartacus, ni Hawaii 5-0, ni la aclamadísima Mr. Robot (le di oportunidades hasta con cuatro episodios) han pasado el corte. Pero The Walking Dead... Eso es otra historia.

La historia de Rick, el sheriff. En el sentido literal y figurado de la palabra. Rick Grimes ha sido gravemente herido de bala, y está en coma en el hospital. Un buen día va a despertar y se encontrará con un panorama desolador. El hospital está abandonado, ni pacientes, ni personal (vivo) por los pasillos, las instalaciones destrozadas, las puertas atrancadas con cadenas, sangre por todas partes… La calle no ofrece mejor aspecto. En la búsqueda de su mujer y su hijo, y de respuestas, al menos va a encontrar lo segundo, el motivo de todo el paisaje apocalíptico que le rodea. Zombies. De los de toda la vida. Como los del vídeo de Michael Jackson, pero sin bailar.

Y la serie habría acabado con el primer episodio, si no hubiera sido porque Rick va a encontrar a algunas buenas personas, que le van a ayudar o acoger. Primero Morgan y su hijo, que le van a dar un curso acelerado de lo que está pasando, mientras se termina de reponer. No en vano, se acaba de despertar de un coma
Pero él es un poco cabezón, y sigue buscando, infructuosamente. Nadie en su casa, nadie en comisaría. Decide pertrecharse con  algunas armas y seguir (a caballo, qué épico) en busca de su familia, convencido de que deben estar (vivos) en algún lugar.

Está a punto de no contarlo, pero va a encontrar a Glenn y su grupo de supervivientes, que viven con la esperanza de amanecer, al menos, un nuevo  día. Llegar al campamento donde se refugian le va dar la mayor de las alegrías. Lori y Carl, su mujer y su hijo, están allí. Sanos y salvos. También está Shane, su compañero (ya sabéis lo importantes que son los compañeros en las ficciones policiales americanas), que les ha protegido y cuidado (incluso demasiado), junto a un grupo variopinto de gente que lucha por que la (poca o mucha) vida que les queda, sea lo más agradable posible. Aunque no todos colaboren de la misma manera.

Allí están, Andrea y su hermana Amy, Carol y su hija Sofía, que viven a la sombra de un marido (y padre) maltratador, el entrañable Dale, T-Dog, o Daryl, (es curioso ver cómo va subiendo el nombre de Norman Reedus, en el orden de aparición de los títulos de crédito) que parecía el más peligroso de todos, (sobre todo después de que se dejaran “olvidado”, como un paraguas, a su hermano, esposado en una azotea) y va a resultar ser uno de los pilares fundamentales de una pequeña comunidad nómada, que pierde a sus miembros con más facilidad que los recibe.